jueves, 4 de abril de 2013

La cuerda floja.

'Somos aquello que salvamos de las manos del tiempo' me prometo bajito en noches como esta. Abril me consume como a un triste cigarro, y mis cenizas se esparcen por el aire que jamás respiraremos.
Y como la mejor equilibrista de imposibles, me deslizo entre el abismo que me separa de los fantasmas. El vértigo me ha ganado la partida, ya solo sé mirar hacia abajo o hacia atrás. He olvidado cómo se volaba (si es que alguna vez tuve alas).
Ahora es ayer, y ayer nunca fue mañana. Camisetas enormes, ventanas cerradas, miradas oscuras. Un café frío. El piano que nunca sonaba en el salón. Las discusiones de la chica del espejo. Los escombros que callaron las carcajadas. La vuelta al mundo por una puta palabra.
Así se (des)componen los días. Mis mañanas inexistentes, mis piernas enredadas entre unas sábanas que nunca me salvan de las pesadillas. Los dejes de tristeza en esa conversación banal que nunca sabemos hacia dónde dirigir.
El futuro no es más que una cuerda. Nos tambaleamos por ella, inestables, desequilibradamente rotos. Y ella es aún más frágil que nuestras vidas. Se despedaza con cualquier suspiro, no entiende nada sobre mariposas en la boca, ni sobre las cosquillas que son capaces de redimir cualquier pecado.
Simplemente nos observa, bajo nuestros pies. Siente nuestro miedo eterno, nuestros vacilantes pasos y las lágrimas que se nos mezclan con el aire que respiramos.
Somos un eterno espectáculo, la mayor tragicomedia jamás representada.
(Los plurales son el mayor escondite que existe).
Las luces se van apagando en tu memoria. Los aviones comienzan a despegar en mi cabeza. Los terrores nocturnos se van comiendo mi corazón, mientras que la calma se apodera de aquello que alguna vez te hizo merecer la pena.
Sin complicaciones, sin esperas. Otra historia sobre nada en particular, otra caja de música rota, empapada por el agua de un mar que no me canso de llover.
A veces me dan miedo las cuerdas. Porque la lluvia me hace querer cortarlas.
M.A.G.

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